Por Tristán Álvarez

La profética canción de Charly García se hizo realidad con la pandemia, y llegó «el día que apagaron la luz», una clausura de un año y medio que parece que se va a extender un buen tiempo más. 

Fuera de la tragedia que acarrea el apagón, nos regala tiempo para reflexionar sobre el modo en el que vivimos hasta ahora. En esa reflexión necesariamente vemos el apuro que nos inundaba todos los días para llegar a ningún lado.  

Un apuro innecesario y condicionado quien sabe por quién, que solo nos restaba calidad de vida, obligándonos a vivir una vida que seguramente no habíamos elegido vivir.

En lo individual sacar algo bueno del encierro es una tarea difìcil pero posible. 

Y desde el punto de vista colectivo sucede otro tanto.

Así lo cree el intelectual francés Jacques Attali, un intelectual contemporáneo de los que nos ayuda a pensar y a darnos cuenta de los procesos históricos en los que nos encontramos parados. 

Attali sostiene justamente que no se puede volver a vivir como vivíamos antes de la pandemia porque justamente esa fue la causa del desastre. Alienta además a generar una reacción social positiva frente a lo que nos está sucediendo.

Esa reacción solo se logrará mediante la participación ciudadana, que es la única herramienta para generar cambios y avanzar. 

Participando del debate público podremos rescatar y capitalizar las enseñanzas de la pandemia, particularmente los rosarinos que hemos perdido mucho en vidas, seres queridos, proyectos desvanecidos y sueños truncados.

En ese análisis sobre lo que deje la pandemia, ineludiblemente debemos incluir el desempeño de quienes lideraron el barco o sea todos los funcionarios políticos que toman decisiones en la ciudad. 

Y así es que, con tristeza y un poco de asombro, advertimos la improvisación en algunos casos y en otros la inconsciencia con la que se ha actuado.

Desde la inicial y millonaria inversión en un centro de contención del hipódromo que nunca fue utilizado, hasta el insólito robo de vacunas de hace unos días; pasando por la clausura salvaje de la vida ciudadana en épocas en las que no había casos de coronavirus y la insólita celebración de un superávit en tiempos pandémicos.

Claro está, nuestros gobernantes no estaban preparados para recibir lo que bien hubiera podido ser una de las siete plagas de Egipto. 

¿Pero ahora, habiendo transcurrido la mayor parte de la pandemia, lo estan? 

Honestamente, y con algo de tristeza, creo que no. 

Como miembros de esta sociedad, de esta comunidad rosarina, debemos exigirles a nuestros gobernantes que profesionalicen los equipos de trabajo. Y repudiar los nombramientos indiscriminados de militantes políticos en cargos para los cuales no están capacitados. 

Exigir que quien conduzca los destinos de la ciudad no utilice los cargos y los recursos públicos para “pagar” favores políticos.

En primer lugar porque todo eso se paga con recursos públicos, y en segundo lugar porque cuando «las papas queman», los improvisados se equivocan y lo que es peor… profundizan la crisis. 

Entonces rosarinos, exijamos al intendente que deje de ocuparse de la política y ejerza su función. Que deje de ser candidato y ejerza su cargo, que establezca un rumbo y dirija el barco con autoridad y decisión. 

Hoy, aún con un año y medio de pandemia “en el lomo”, se lo ve como un funcionario más preocupado por las mediciones que por las decisiones que debe tomar. Sigue actuando como si estuviese en campaña, midiendo la repercusión de cada palabra que dice, de cada decisión que adopta, con militantes-empleados públicos (algunos con cargo de Secretario) en las redes combatiendo a los ciudadanos que expresan una opinión discordante.

La primera enseñanza colectiva que nos deja la pandemia es que nuestros gobernantes distan de tener la eficiencia necesaria.

Con lo cual debemos exigirles que dejen de ser candidatos eternos y empiecen a gobernar para mejorar las condiciones de vida en éste apagón.

Y de esa manera prepararnos para cuando la luz vuelva a brillar en nuestra ciudad.

 Digamos ¡HASTACA!